Carlos Slim no hace las cosas a medias. Si le gusta un negocio, se queda con el pastel completo.
Y eso acaba de pasar con el petrĂłleo.
Grupo Carso confirmĂł que le comprarĂĄ a la rusa Lukoil su mitad del negocio en los campos petroleros Ichalkil y Pokoch, frente a Campeche.
¿Qué significa?
Que mientras todos hablan de IA y bonos verdes, el hombre mås rico de México estå doblando su apuesta por el oro negro tradicional.
Slim no persigue tendencias, persigue flujo de efectivo.
Checa los nĂșmeros de la compra:
Carso paga 270 millones de dĂłlares en efectivo.
Asume una deuda de 330 millones que traĂa la empresa.
Total: una operaciĂłn valuada en 600 millones de dĂłlares.
Como Slim ya habĂa comprado la otra mitad en 2024, con esto saca a los rusos de la ecuaciĂłn y se convierte en el dueño absoluto.
Y claro: le da respiro a un Pemex que anda contando los centavos.
Una cosita, nomĂĄs: al tratarse de una empresa rusa, la compra necesita una luz verde muy especial: la de la OFAC (el Tesoro de Estados Unidos). Sin el visto bueno de los gringos, no hay trato.
¿Por qué importa?
Es una clase maestra de pragmatismo. Slim no va por las tendencias (como hidrĂłgeno o IA), va por lo que da flujo hoy.
El alivio a Pemex: el riesgo financiero pasa 100% al privado. Si algo sale mal o falta dinero, la pérdida es para los accionistas de Carso, no para el erario.
Para la geopolĂtica: A Washington le va a encantar. Es mucho mejor que el petrĂłleo del Golfo estĂ© en manos de su vecino capitalista confiable que bajo control de MoscĂș.
La ironĂa mĂĄxima: el empresario mĂĄs importante de MĂ©xico necesita permiso del gobierno de Estados Unidos para comprar un pozo que estĂĄ en aguas mexicanas.


