Tranqui: no es que el país esté quebrado.

Lo que acaba de hacer México se parece más a refinanciar la tarjeta. Pides dinero nuevo para pagar lo viejo. No debes menos, debes después.

Ahí te va la jugada.

Salimos a los mercados y levantamos 6,300 millones de dólares en bonos. ¿Para qué? Para recomprar deuda que vence pronto, en 2027, 2028 y 2029.

¿El truco? Cambiamos deuda de corto plazo por deuda a larguísimo plazo: los bonos nuevos vencen en 2037 y 2056. O sea, despejamos la agenda de pagos de los próximos años y nos damos aire.

Y nos fue bien. México pensaba pagar como 2.2 puntos porcentuales por encima de lo que paga Estados Unidos por su deuda. Terminó pagando 1.85. Eso quiere decir una cosa: los inversionistas todavía quieren el papel mexicano.

Lo único malo: las calificadoras ya están encima. S&P nos trae en perspectiva negativa y Moody's nos tiene al borde del bono basura. Lo que acaba de pasar es que ganamos tiempo para demostrar que sí tenemos con qué.

¿Por qué importa?

Si inviertes: el grado de inversión es el piso de todo. Si lo perdemos, muchos fondos quedan obligados a vender deuda mexicana, y el costo de financiarse en el país sube para todos.

Si tienes negocio o crédito: la nota de México es el ancla de tus tasas. Cuando el país paga más caro, tarde o temprano tú también, en tu crédito, en tu hipoteca, en lo que cuesta pedir prestado.

Al final, los países son como cualquiera con deudas: mientras alguien te siga prestando, la fiesta sigue. El problema es el día que dejan de contestarte el teléfono.

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