El martes, Estados Unidos bombardeó radares, misiles y puertos en Irán y la pausa a la guerra se acabó.
¿La razón? Irán había atacado a tres barcos que cruzaban el Estrecho de Ormuz, que es por donde pasa uno de cada cinco barriles de petróleo del mundo.
Pero hubo una segunda movida, y esa es la que de verdad importa.
El mismo día, Washington le prohibió a Irán vender su petróleo de forma legal.
Y eso pesa porque ese permiso era justo lo que sostenía la paz. El trato de junio era simple: Irán deja pasar los barcos por Ormuz y, a cambio, puede vender su crudo y recibir dólares.
Obvio, el petróleo sintió los ataques de inmediato. El Brent se disparó 5% en minutos.
Para que lo midas: en abril, cuando la guerra estaba en lo peor, ese mismo barril llegó a 125 dólares. Llevaba semanas bajando y ya casi todos daban por hecho que lo peor había pasado. Y pues parece que no.
¿Por qué importa?
Más de la mitad de gasolina que usamos en México viene de fuera y casi toda esa es de Estados Unidos.
¿Nos pega de inmediato en precio cuando el petróleo repunta?
No.
Porque acá, para amortiguar, se usa el estímulo al IEPS. Hacienda le baja al impuesto que trae la gasolina para que no lo sintamos en el tanque.
Pero sí: eso es impuesto que Hacienda perdona y que el erario deja de recibir. Dinero que se usa para todo: hospitales, carreteras, inversiones, lo que se te ocurra.
Y si tienes inversiones, el camino es distinto: un petróleo caro alimenta la inflación, y eso obliga a la Fed en Estados Unidos a dejar las tasas altas.
Es decir: Banxico se queda sin margen para bajar las suyas y entonces los créditos se quedan elevados.
Eso podría ser una buena noticia si tienes Cetes, por cierto.
Así es esto: un pleito lejísimos, que parece que no es tu problema, hasta que lo es.


